Uno de nuestros puntos comunes es que todos soñamos. Con frecuencia también tenemos los mismos sueños. Pero, para cada uno de nosotros, tienen un significado distinto.
Según ciertas creencias ancestrales de connotación mágica y, por supuesto, de carácter sagrado, en la naturaleza existen grandes fuerzas que rigen la vida sobre la Tierra. A menudo se representaron con un aspecto aterrador, para subrayar de tal modo su fuerza y sus poderes. A veces fueron incluso deificadas. El chamán, elegido entre los hombres debido a un don particular, que le raptaba en éxtasis o le transportaba hacia otro campo de visión del mundo y de la realidad, revelaba en efecto disposiciones singulares para comunicarse con ellas. Así, podía adquirir el conocimiento de estas fuerzas irreales, invisibles e impalpables, pero cuyas manifestaciones eran, sin embargo, muy reales y físicas, puesto que incluso podían, en algunas circunstancias, utilizar todos los elementos, o explotar todas las formas de vida para aparecer, imponerse e intervenir en la vida de los hombres, experimentarlas o aliviarlas, según el caso. Actualmente, cuando ya hemos investigado la materia y conocemos la existencia de los átomos y las células, sonreímos al pensar en nuestros ingenuos antepasados, que creían firmemente que el fuego y el viento poseían un poder tan grande que podían dominar al hombre y la Tierra. Sin embargo, cada vez que los elementos se desencadenan en alguna parte de nuestro planeta, devastándolo todo a su paso, no podemos evitar un escalofrío de congoja. ¿Se trata del desagradable recuerdo de los espantos y los horrores que antaño conocimos, en que los hombres y las mujeres estaban bajo el yugo de la tiranía de la tierra, del agua, del fuego y del viento, los 4 elementos que presiden la vida sobre la Tierra? ¿Se trata pues, de un miedo ancestral, oscuro, pero profundamente escondido, incluso arraigado, que se hace eco de otro miedo, que todos tenemos en común, y al que nadie puede escapar, por más lúcido, realista, inteligente y sensato que uno sea: el miedo a la muerte?
LA MEMORIA COLECTIVA O LA TERCERA VÍA DE LA CONCIENCIA
De tal manera, debe existir una memoria colectiva, una especie de mar inmenso de pensamientos, de visiones, de experiencias vividas, de actos realizados por nuestros antepasados desde hace lustros, desde que los hombres y las mujeres se distinguieron de las otras especies que viven sobre la Tierra, por no se sabe muy bien qué misterio, proceso o prodigio.
De ser así, se debe poder demostrar su existencia. En
efecto, parece lógico, pero no es tan simple.
Habrás observado, como todo el mundo, que un sueño muchas veces es incoherente,
fantasioso, irracional e inverosímil. En otros términos, lo que a veces nos
sucede al "vivir un sueño", como suele decirse, nos parece imposible
de vivir despiertos, en la vida real. Esa inverosimilitud sólo la admitiremos
en el cine; como apuntaba Alfred Hitchcock cuando se le reprochaba que
proponía a los espectadores escenas inverosímiles: "el cine no sólo
debe realizar verosimilitudes", le gustaba decir.
Asimismo, al vivir una experiencia extraordinaria, o que nos pone en tal
estado de exaltación o emoción, que tenemos la sensación de sentirnos aliviados
del peso de las realidades materiales y de las vicisitudes de la vida
cotidiana, entonces decimos que hemos estado "viviendo un sueño".
Estos dos ejemplos demuestran que todos estamos convencidos que el sueño
procede de otro mundo, tal vez de otra realidad, pero que no tiene nada de real
en el sentido en que lo entendemos normalmente.
Siguiendo, pues, con este razonamiento, se puede afirmar que existe una
escritura del mundo real y un lenguaje inherente al universo onírico. Este
último utiliza los símbolos y juega con la realidad. A veces, tenemos la
sensación de que no tienen ningún sentido, de que son totalmente absurdos. Sin
embargo, cada vez que se dirige a nosotros, nos transmite un mensaje y nos
muestra o nos enseña algo. Entonces, ¿por qué, hoy en día, ya no comprendemos
su lenguaje? ¿Por qué cualquier niño que acaba de nacer, aprende a nadar y caminar,
y su cerebro de entrada parece estar bien estructurado para aprender a hablar y
a escribir, de forma espontánea o instintiva, y en cambio no comprende del
mismo modo el lenguaje de los sueños? Para responder a esta pregunta, nos
podemos situar en un punto de vista religioso, o bien en un punto de vista
psicológico: el primero se resume en función de pecado y falta original; el
segundo, desde el punto de vista de culpabilidad e inhibiciones.
Sin embargo, existe una tercera vía, más generosa, pero tal vez también más
peligrosa en cierta manera. Se trata de la que nos conduce por los caóticos y
vertiginosos vericuetos de esta gran memoria común, simbolizada en las
civilizaciones antiguas por las aguas matriciales y originales, el caos
universal, de donde habría resurgido toda materia y toda vida vegetativa, y
luego inteligente.
TODOS LOS SUEÑOS SON COLECTIVOS E INDIVIDUALES
Si estamos dispuestos a aceptar la existencia de esta
tercera vía, entonces debemos dar muestras de gran humildad. En efecto, ésta
implica que existe un plano de conciencia en el que todos estamos al mismo
nivel, absolutamente iguales y tal vez incluso indiferenciados unos de otros,
compartiendo los mismos pensamientos, hablando el lenguaje y teniendo el mismo
gran sueño. ¿No es éste el símbolo que se desprende de la leyenda bíblica de la
Torre de Babel?
Cuenta esta leyenda, que antaño los hombres y las mujeres hablaban todos la
misma lengua. Y más tarde, como siempre, se cometió una falta y ya no se
entendieron más entre sí y, desde entonces, los hombres y las mujeres deben
hacer grandes esfuerzos para comprenderse. Sin embargo, en nuestros sueños,
todos utilizamos el mismo lenguaje, y tal vez, a pesar de todo, nos
comuniquemos gracias a él.
En todo caso, nuestros sueños a menudo se refieren a una realidad que es la
misma para todos, al menos en apariencia. Luego se modela, se deforma o se
transforma, de manera que tiene un único sentido para nosotros. De modo que
todos los sueños toman una interpretación y una visión colectiva del mundo y de
la realidad, para transmitirnos mensajes personales, íntimos o individuales.


