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La radiestesia o la ramita del zahorí y el péndulo

 

La ramita es el instrumento del zahorí y el péndulo es el de la radiestesia. Pero si bien siempre podemos fiarnos de la ramita del zahorí, no sucede lo mismo con quienes utilizan el péndulo.

No podemos aludir a esta ciencia esotérica sin dejar de recalcar hasta qué punto la frontera que separa lo racional de lo irracional, tal como lo concebimos hoy en día, es, a veces, muy delicada. Así, si la curiosidad fue una de las motivaciones principales que empujaron al hombre a estudiar científicamente el mundo a indagar en la realidad hasta sus raíces más profundas, incluso a veces las más insospechadas, tal vez las preocupaciones utilitarias y las aplicaciones prácticas de las investigaciones y descubrimientos científicos resultaron muy determinantes. Cuando observamos la historia, a veces se tiene la sensación de que, en general, el hombre hizo por casualidad un descubrimiento, llamado más tarde científico, con una finalidad puramente utilitaria, que demuestra ingenio y una especie de espíritu de iniciativa, que estableció un sistema que, casi siempre, reproduce lo que ya existe en la naturaleza, y que, una vez establecido, realizado y relativamente fiable, lo estudia científicamente para mejorar sus resultados. Y ahí es cuando comprende verdaderamente cómo funciona, toma medidas, hace cálculos, verificaciones, experiencias, en resumen, se convierte en este hombre de laboratorio que actualmente denominamos científico. En la frontera entre estos dos comportamientos, es decir, por un lado, el descubrimiento espontáneo, sin cálculos de precisión, con fines puramente utilitarios  y, por otro lado, el estudio científico, la observación sistemática de dicho descubrimiento, apareció la radiestesia, de la cual no podemos negar que se basa en unos principios y unos fenómenos conocidos, pero cuestan verificarlos científicamente, porque además de factores tangibles y que se pueden medir, también consta de parámetros que no lo son tanto.

¿QUÉ ES LA RADIESTESIA?

"Radiestesia" es un término bastante reciente, puesto que fue creado a finales del siglo XIX por un abad llamado Bouly para designar una ciencia que se basaba en un sistema y un método que permitía percibir y actuar sobre las radiaciones emitidas por el cuerpo humano en particular, y todos los cuerpos en general.
Procede del latín radius, "rayo", y del griego esthetikos, "que tiene la capacidad de sentir", y del que ha derivado "estética". Dicho de otra forma, literalmente, la radiestesia es la capacidad de sentir los rayos, sentido que, como vemos, se desvía considerablemente del punto de vista científico. En efecto, no decimos de un microscopio, por ejemplo, que tiene la capacidad de ver microbios. Así que la radiestesia, evidentemente, permanece ausente en todas las obras o diccionarios científicos, aunque encontremos largos capítulos dedicados a las radiaciones y los rayos. No es, pues, una ciencia en el sentido en que se entiende hoy en día.

LA RAMITA DEL ZAHORÍ

¿Cuándo, cómo y por qué razón práctica el hombre experimentó la necesidad de "sentir los rayos"? No podemos más que hacer suposiciones al respecto. Pero todo hace pensar que fue, ante todo, para encontrar agua, una fuente en un lugar donde, a priori, parecía haberla. Así, se han descubierto unas pinturas rupestres que datan del neolítico, en las cuevas situadas en el norte del Sahara, sobre las cuales  está representado un hombre con una ramita de zahorí en la mano. Pero también encontramos la famosa ramita de zahorí en el antiguo Egipto, en China y, sobre todo, en la civilización inca. La ramita de avellano, muy utiluzada, volvio a conocer un período de interés en la época de los grandes descubrimientos, puesto que algunos pretendían poder encontrar tesoros o minerales de oro y de metales preciosos gracias a este instrumento. Sin embargo, por razones fáciles de imaginar, quienes se dedicaban a detectar fuentes o acumulaciones de agua mediante la ramita de zahorí eran perseguidos con frecuencia por la Inquisición y puestos en la picota con los brujos y las brujas. Entonces, para la Iglesia, los brujos y brujas obedecían también al demonio.
A principios del siglo XVII, un inspector general de las minas del reino de Luis XIII había encontrado más de 150 vetas gracias a una ramita de avellano. Durante ese siglo, pero esta vez hacia finales del mismo, otro adepto a la ramita de avellano se hizo ilustre. Se trataba de un tal Jacques Aymar, de quien se oyó hablar porque podía reconocer los autores de algunos crímenes únicamente gracias a su varilla.
Ciertamente, todo esto provocaría más de una sonrisa hoy en día. Preferimos fiarnos de las huellas, llamadas genéticas. Hasta el día en que, tal vez, nos demos cuenta de que existen otras huellas todavía más indelebles: las que dejan nuestros actos en nuestras almas. Pero todavía no hemos llegado al punto de admitir que el alma se detecta por ciertas radiaciones que le son propias y que emanan de todos nosotros.

EL PÉNDULO


A partir de finales del siglo XIX, como ya hemos visto, apareció el término "radiestesia", al mismo tiempo que se extendía el uso del péndulo entre los que practicaban esta ciencia diferente. El primero en utilizar con asiduidad el péndulo fue el famoso abad Bouly, que vivió a caballo entre los siglos XIX y XX y al que ya hemos hecho alusión. Lo usó especialmente para detectar muchos emplazamientos arqueológicos de la Edad Media y de la época galo-romana y de finales de la primera guerra mundial, cuando había sido enviado por el gobierno francés para rastrear las minas y los obuses. Como vemos, ni la Iglesia -que se había opuesto ferozmente a tales prácticas durante el período de la Inquisición- ni las instituciones -que en esta época eran menos reticentes en lo tocante a este tipo de prácticas, con tal que obtuvieran buenos resultados- despreciaron los servicios del abad Bouly. Sin embargo, aunque el movimiento del péndulo se basa en una ley fundamental enunciada en su tiempo por Galileo, y de la que nadie niega su exactitud, el uso que hacen los radiestesistas, especialmente como ayuda o soporte al diagnóstico médico, tal vez deba ponerse en duda. No diremos que no tiene fundamento; pero, dado que no se apoya sobre ninguna regla ni deontología, basta con que algunos tengan este instrumento entre sus manos para creerse provistos de un don sobrenatural que les permite curar o detectar fuentes, tesoros o la hucha de una abuela difunta. Así pues, si bien la ramita de zahorí ha dado prueba de sus aptitudes desde hace al menos 6.000 años, las del péndulo siguen sin demostrarse.




La Magia: Las fórmulas mágicas

 

Actualmente, somos conscientes de que las fórmulas mágicas y encantamientos -es decir, las palabras pronunciadas, murmuradas o cantadas por el hechicero, mago, adivino, chamán o brujo en tiempos pasados, con el fin de invocar un espíritu de la naturaleza, una divinidad o unas fuerzas misteriosas que podían actuar y obrar en lo que hoy en día llamamos mundo físico y material- provocan una sonrisa. Aún más cuando, casi siempre, se nos presentan dentro del contexto de un complejo ceremonial que nos parece anticuado o sin ningún fundamento.
La gente que cree en ellos y los que se dedican a este tipo de rituales, nos parecen fuera del tiempo y poco dignos de confianza. Los exorcistas y curanderos todavía nos merecen un poco de crédito, especialmente cuando la medicina moderna no puede curar, ni tan solo aliviar una persona que padece una grave enfermedad incurable o males que, a pesar de todas las tentativas, han quedado sin remedio. Y sucede a menudo que algunas intervenciones que se inspiran en la magia de nuestros antepasados producen lo que todavía llamamos milagros. Pero nadie puede demostrar si son debidos a los rituales y encantamientos utilizados desde hace milenios, a la personalidad del hechicero o curandero, a la convicción íntima, casi siempre inconsciente, del enfermo por querer curarse por sus propios medios, sin recurrir a la medicina contemporánea, o a otros factores que todavía no sabemos o no queremos comprender actualmente porque no entran en nuestro campo de investigaciones e indagaciones.

LA TEORÍA DEL CAOS

Sin embargo, señalemos que, inspirándose en los principios de la teoría del Caos, recientemente unos matemáticos han establecido unos cálculos que permiten "prever" y, consecuentemente, anticipar las crisis de una persona que padece epilepsia.
No existe, evidentemente, magia alguna en este sistema, puesto que los matemáticos utilizan números para demostrar realmente que aunque los sistemas dinámicos caóticos son deterministas, es decir, sometidos a causas que producen inevitablemente los mismos efectos, no por ello son necesariamente previsibles.
Aquí reside una de las grandes paradojas a las que se ha visto enfrentada la ciencia en nuestros días: ¿cómo puede determinarse una cosa, su fenómeno, su causa y su resultado conocido de antemano, para finalmente revelarse imprevisible, al menos desde un punto de vista científico? Es, pues, gracias a esta paradoja, cuyo principio ha sido demostrado matemáticamente, por lo que algunos científicos -que no tienen la vanidad de creer que la ciencia ostenta todas las claves de los misterios de la vida y de la realidad, y siguen incansablemente sus investigaciones- hoy en día se plantean nuevas perspectivas que, hasta entonces, estaban relegadas a un universo irracional, olvidado, dejado de lado u oculto, porque no se someten a nuestros mismos instrumentos de medición.

LOS NÚMEROS Y LA MAGIA

Ahora bien, en magia, los números desempeñan un papel muy importante, aunque no tengan forzosamente el aspecto de números, sino de símbolos. Por supuesto, en este caso no debemos concebir el número como la representación de una cantidad, sino como un valor numérico absoluto, formando un todo en sí mismo, al que no se le puede sumar ni restar nada. Cada número o Número, es único. Contiene cierta cantidad de cualidades, elementos y factores propios de él y actúa, interviene y también se manifiesta, de forma exclusiva.
El hechicero estaba iniciado, evidentemente, en los poderes de los Números sobre la realidad física y material. Por ello, las fórmulas y encantamientos que pronunciaba y los símbolos geométricos que empleaba, tenían el valor de Números.
Este principio sobre el que se basa la concepción de todos los encantamientos queda perfectamente ilustrado en el lenguaje codificado del alfabeto hebreo, cuyas 22 letras también son Números que, juntos, constituyen el código secreto y sagrado de la cábala, que permite al cabalista efectuar otra lectura de la Biblia. Según este código, al corresponderse cada letra con un Número y al estar formado un nombre por varias letras, un nombre es, pues, un conjunto de Números que -igual que varias notas juntas para producir un acorde en cuyo interior, sin embargo, cada nota conserva su valor intacto- engendra una vibración especial que corresponde exactamente a un gran principio, a una fuerza de la naturaleza.

ABRACADABRA

Para que entendamos bien cómo funciona un encantamiento cuando se pronuncia en el momento oportuno, dentro del contexto ideal y de forma adecuada, tomemos el ejemplo del encantamiento más utilizado en los cuentos de hadas, y que el hada o la bruja, según el caso, pronuncia para producir o deshacer un encantamiento: "abracadabra". Este encantamiento tan antiguo se inspira en el griego. Pero éste, a su vez, salió del hebreo, de manera que está relacionado con las letras-número de la cábala.
En un principio, en hebreo, era arba dak, y significaba literlamente "el cuatro parte" (arba= cuatro y dak=partir).
En realidad, el cuatro que se invocaba en este caso no era otro que el Cuatro, el Número sagrado o criptograma que simbolizaba Yahvé o el Todopoderoso. Y lo que "partía" simplemente eran los cuatro elementos: el Fuego, la Tierra, el Aire y el Agua.
En otros términos, abracadabra -encantamiento, del cual los cabalistas de la Edad Media dijeron que significaba también "padre, espíritu y palabra" (ab ruah dahar), es decir, "la palabra del espíritu del padre"- invoca las fuerzas naturales simbolizadas por el Número Cuatro, que disuelven los cuatro  elementos que rigen la vida sobre la Tierra, sin los cuales el hombre no podría vivir, para que vuelvan a encontrar su armonía original; puesto que este encantamiento, efectivamente, se empleaba exclusivamente con fines terapéuticos. Tenía como objetivo curar al enfermo actuando sobre los cuatro elementos, de los que éste se constituye.