Actualmente,
la magia se reduce a los juegos de manos del prestidigitador. Cuando
hablamos de un juego de manos, o de un truco, solemos decir que "hacemos
un juego de magia". Al comparar esta interpretación actual de la magia
con la que se hacían de ella nuestros antepasados, tan distinta, nos
enfrentamos a un problema muy complejo: ¿dónde empieza y dónde acaba la
realidad? ¿Cuál es la verdad: lo que vemos o lo que es?.
Sin
embargo, paradójicamente, en un mundo donde deberíamos estar
planteándonos estas preguntas con más fuerza y agudeza que nunca,
resulta que ya casi no nos las plateamos. Al habernos liberado de muchos
dogmas, la mayoría de los cuales se basaban en puras imaginaciones de
la mente o teorías confusas, o bien tan fuera de su contexto y utilidad
primera, que no tenían ningún sentido ni razón de ser, hemos establecido
otros dogmas, todavía más rígidos, si nos paramos a pensarlo bien, en
tanto en cuanto se basan en criterios ineludibles. Hablamos de aquellos
que han sido establecidos por los instrumentos y medidas de los
científicos, que les permiten observar los fenómenos concretos de la
naturaleza, verificar sus manifestaciones, explotarlas, y a veces
incluso reproducirlas artificialmente, con fines prácticos.
De
tal modo, actualmente nadie pone en duda el hecho de que nuestra visión
del mundo dependa de instrumentos de medida, todos ellos creados por el
hombre, sin duda alguna con espíritu innovador, pero que nos llevan
hacia sus propias visiones e interpretación del mundo. Podríamos objetar
que cada vez que una idea, concepto o creación implica la admiración
casi universal, seguramente corresponde a una realidad profunda y común a
todos, que va más allá de lo que representa. Es cierto. Pero ello no
significa que no sea fruto de una ilusión colectiva, que no derive de un
mismo fantasma o de una misma voluntad inconsciente y común de ver lo
mismo, desde el mismo punto de vista y en el mismo momento.
MAGIA, MAGOS Y HECHICEROS
De
manera que, en adelante, todo lo que no se pueda medir, comprobar o
reproducir será relegado al polvoriento universo de lo sobrenatural e
irracional. Ahora bien, este rechazo puro y simple, y podríamos decir
maniático, seguramente ha olvidado el hecho de que sin la magia, tal
como nuestros antepasados la practicaron, la ciencia de hoy, es decir,
la ciencia moderna, en todos sus ámbitos de investigaciones, búsquedas,
estudios y experimentos, no sería lo que es.
Puesto
que es de la magia, ciencia de nuestros antepasados, de donde ha salido
su inspiración y su visión del mundo y de la realidad. En toda la
Antigüedad hubo magos. Y, como en todas las épocas, al igual que sucede
actualmente con nuestros médicos y eruditos, algunos de ellos fueron
seres excepcionales, maravillosos, provistos de dones y cualidades
humanas extraordinarias, y otros fueron menos competentes, puros
charlatanes o usureros movidos únicamente por sus ambiciones personales.
El hombre es así; por tanto, no es la función que lleva a cabo la que
se pone en duda.
Así,
pues, en la Antigüedad, el hechicero tenía casi siempre el papel de
curandero y adivino. Su saber se basaba en una atenta observación de la
naturaleza y sus fenómenos en una voluntad de dominarla o dominarlos.
Pero, evidentemente, el hecho de ser capaz de curar los males de los
demás utilizando pociones o fórmulas mágicas, y de prever el futuro con
idénticos procedimientos, le concedía un poder especial, porque se le
temía, poder del cual algunos hechiceros se aprovecharon.
Hoy
en día, respecto a este tema nada ha cambiado. Existen los mismos
abusos de poder por parte de los que saben hacia los ignorantes.
Escasean aquellos hombres que, tras haber adquirido ciertos
conocimientos y ciencia, no sólo ponen sus experimentos al servicio del
prójimo, sino que transmiten sus conocimientos de forma natural,
haciéndolos accesibles y comprensibles. Debe decirse también que la
curiosidad, de la cual se dice erróneamente que es un feo defecto, se
pierde. La mayoría de las veces nos contentamos con creer lo que se nos
dice. Y, lo que aún es más, hay tantas informaciones que se revelan, se
transmiten y se difunden a diario por todo el planeta, que ya no nos
tomamos el tiempo de comprobar su certeza, e inhiben y ahogan nuestra
curiosidad, así como nuestra imaginación.
Se
puede afirmar, pues, que actualmente para nosotros, habitantes de la
Tierra, la magia ya no entra dentro de los fenómenos de la naturaleza,
ni dentro de nuestra capacidad para comprenderlos y aprovecharlos, sino
en esas redes de comunicación, como son la radio, la televisión, la
telefonía y, ahora, Internet que, aunque permiten relacionarnos estando
geográficamente muy lejos unos de otros, nos hacen perder cualquier
contacto directo y físico con la naturaleza y la realidad y, al hacerlo,
nos aíslan.
¿Debemos
por ello estar anclados en el pasado y lamentar aquellos tiempos tan
lejanos en que permanecíamos en contacto directo con la naturaleza y en
que practicábamos la magia? No. Nunca hay que volver atrás. En cambio,
haríamos bien en inspirarnos en las experiencias y los conocimientos de
nuestros antepasados, antes que rechazarlos en bloque bajo el pretexto
de que nuestra visión del mundo a cambiado.
LA EXPERIENCIA MÁGICA
El
hechicero no sabía qué fuerzas se revelaban o manifestaban cuando
practicaba algunos ritos y pronunciaba algunas fórmulas mágicas, pero
hacía uso de ellas con respeto, humildad y precaución. El temible
hechicero de las producciones hollywoodienses, que ejercía un poder
maléfico, era en la realidad prácticamente inexistente y absolutamente
rarísimo.
En
efecto, en todas las civilizaciones de la Antigüedad, y aun
remontándonos todavía más lejos en el tiempo, observaremos que el
hechicero se hallaba sometido a rituales de iniciación muy fuertes,
algunos de los cuales podían ser mortales. Por eso, salir victorioso era
ya una experiencia mágica.
