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¿De dónde vienen los ángeles?

 

Todos hemos oído hablar de los espíritus de la naturaleza, de genios buenos y de ángeles de la guarda. Pero, para conocer la verdadera historia de éstos, debemos empezar por descubrir sus orígenes.

La etimología de una palabra contiene a menudo las claves de su origen, de su significado. Éste es el caso de "ángel", forma derivada del latín angelus, y tomada del griego angelos, donde significaba "nuncio", "mensajero", la cual pronto empezó a usarse en el sentido de "mensajero de Dios". Ahora bien, angelos se empleó también para traducir un nombre hebreo muy antiguo: Mal'ak o Malakh (el mensajero), cuyo origen se remonta cuando menos al principio del primer milenio antes de nuestra era.

EL MENSAJERO DE DIOS

Hacia el siglo V a.C. aparece en el Antiguo Testamento el profeta Malakhi o Malaquías (cuyo nombre podríamos traducir por: "Mi mensajero", es decir, el de Dios). Este enviado divino anunció la vuelta de otro profeta, Elías. Su nombre significa "Yahvé es mi Dios".
De tal modo, y a partir de su etimología, se entiende que un ángel es un mensajero, un enviado de Dios, un cartero celestial, un intermediario entre el cielo y la Tierra, al que podemos fácilmente relacionar con los mitos y los símbolos del dios clásico Hermes-Mercurio, el intermediario entre los dioses y los hombres según las mitologías griega y romana. Éste es representado con dos alas en los tobillos, símbolos de inteligencia, espíritu y genio, pero también de clarividencia.
No obstante, todo esto no explica de qué modo se llegó a creer en los ángeles y en sus poderes, a invocar sus nombres, su protección.
En efecto, aunque percibimos claramente en los relatos bíblicos (del Antiguo al Nuevo Testamento) las funciones de profeta y de mensajero o de enviado de Dios que desempeña el ángel, no vemos tan claro cómo puede este influir en el destino de alguien en particular y convertirse en su ángel guardián. Para entenderlo hemos de remontarnos hasta la Persia del siglo VI a.C., lugar y época en que Zaratustra profetizaba.

DE LOS DIOSES A LOS ÁNGELES

En aquel tiempo, Zaratustra fundó la religión zoroástrica, cuya originalidad reside en que se basa en una síntesis de tres culturas religiosas: la de la India, la de Grecia y la de Oriente Medio. Así pues, según Zaratustra, el destino era el gran principio universal al cual toda manifestación de vida, en la Tierra y en el cielo, estaba sometida. Tal destino emanaba de una sabiduría primordial, de una voluntad inmanente que, en función de las circunstancias, se revelaba creadora o destructiva. Por otra parte, exceptuando a los hebreos, monoteístas, todos los pueblos contemporáneos de Zaratustra tuvieron su panteón de divinidades múltiples y variadas. Cada una de éstas era responsable o ejercía un poder, una influencia, sobre una u otra manifestación de la vida, sobre uno u otro principio de la naturaleza.
Partiendo de tales hechos, Zaratustra tuvo la genial idea, o la visión, de integrar esas divinidades en su religión, atribuyéndoles funciones de guardianes, protectores, responsables de los grandes esfuerzos de la naturaleza, de las manifestaciones y misterios de la vida en la Tierra, del destino de los pueblos y de cada individuo. En la religión zoroástrica, cada divinidad era la guardiana del destino de los principios naturales, de las plantas, de los animales y de los hombres. Cada cual podía tener su divinidad protectora, su buen genio, su servidor -que los discípulos de Zaratustra llaman Yazata, el Adorable-, el cual regía su destino. De las divinidades a los ángeles la distancia es muy corta: a partir de entonces, el ángel fue a la vez Malakh y Yazata, el mensajero y el adorable, el protector, el enviado de Dios entre los hombres.

ÁNGELES Y DIVINIDADES

Durante el siglo XVI, el interés por el culto a los ángeles experimentó un resurgimiento entre sabios y filósofos, lo mismo ocurrió con la cábala y las ciencias esotéricas. El alemán Heinrich Cornelius Agrippa von Nettesheim, doctor en teología, abogado, médico y astrólogo, escribió en su obra De la filosofía oculta, publicada simultáneamente en Amberes y en París en 1531, lo siguiente:
"Nadie ignora que con buenas obras, un espíritu sano, oraciones místicas, piadosas mortificaciones y otras cosas parecidas, podemos atraer a los ángeles de los cielos. Por lo tanto, no hay duda alguna, de que del mismo modo, y mediante ciertas cosas del mundo material, podamos atraer también a las divinidades del mundo, o al menos a los espíritus, agentes y acompañantes de éstas".

DE LOS ÁNGELES A LOS HOMBRES

Fue a principios del siglo VI de nuestra era cuando Dionisio el Areopagita, un monje sirio, inspirado en las creencias judías, cristianas y zoroástricas, y bajo la influencia de Plotino y Platón, compuso una jerarquía celestial, en la que emplazó nueve coros de ángeles. Esta jerarquía participó en la elaboración del pensamiento cristiano, y jugó un papel considerable durante la Edad Media. A lo largo de todo este período, y hasta el Renacimiento, los ángeles cobraron gran importancia ante los hombres, y llegaron a convertirse en sus protectores y servidores.

LA JERARQUÍA CELESTE

Según Dionisio el Areopagita, la jerarquía celeste consta de nueve coros de espíritus angélicos; integrado cada uno, a su vez, por nueve ángeles: serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes, potestades, principados, arcángeles y ángeles. A partir de esta composición, los astrólogos y los cabalistas del Renacimiento repartieron los 72 ángeles de la jerarquía celeste entre los 360 grados del zodiaco. Cada ángel tenía su morada en el semidecanato -es decir, 5 grados del zodiaco- de un signo astrológico, continuando de este modo un principio que ya utilizaban y puesto en práctica por los astrólogos de los siglos XI y XII, muy influenciados a su vez por los astrólogos, astrónomos y matemáticos árabes.