El arte de la magia no se efectuaba sin reglas ni leyes y el mago debía atenerse a ellas al pie de la letra.
Si bien durante toda la Edad Media, en Europa, circularon muchos libros mágicos, muy excepcionales, solamente nos quedan de ellos algunas fórmulas que han conseguido superar el paso de los siglos y sobrevivir a las llamas de la Inquisición. A menudo escritos en dialectos hoy en día desaparecidos, a veces mezclados con latín vulgar, no nos dan ninguna indicación concreta, por una parte, sobre la iniciación, sin duda agotadora, por la que debía pasar el mago y, por otra parte, sobre los rituales que hacían para efectuar actos mágicos.
Sólo nos queda la magia, tal como la entendemos hoy, la cual encierra bastantes creencias y costumbres ancestrales, a algunas de las cuales les costó mucho resistir al imperialismo del cristianismo que reinaba en Europa entre los siglos IV y VI de nuestra era, implantado poco a poco por la fuerza, como la historia nos muestra actualmente, para apoderarse del dominio del Imperio y del poder romanos.
LAS CREENCIAS Y COSTUMBRES DE LOS RITUALES MÁGICOS
Si
hablamos de creencias y costumbres es porque, en un principio,
efectivamente, los rituales tan estrictos a los que se sometían los
hechiceros para realizar sus actos mágicos, invocar las grandes fuerzas
de la naturaleza y utilizarlas para fines salvadores o destructores, se
basaban en sólidas convicciones, costumbres y hábitos de carácter
sagrado.
Así
es como nuestros antepasados mostraron, desde muy pronto, el mayor
respeto por los beneficios que les proporcionaba la gran Madre
Naturaleza, al tiempo que eran conscientes de que también podía
mostrarse feroz. De manera que, el simple hecho de recoger un fruto en
el mismo lugar, en la misma época, cada año, para ellos tenía un
carácter sagrado y estaba, pues, impregnado de magia. Por eso, todos los
actos que relacionaban al hombre con la naturaleza, su medio natural,
su cuna y su tumba, fueron pronto asimilados y luego integrados a los
ritos y, por último, no podían cumplirse sin una ceremonia ritual. En
efecto, estos actos no podían ser gratuitos, desde el momento en que la
naturaleza y sus divinidades ofrecían sus favores.
Después,
poco a poco, por una parte la ceremonia ritual que precedía el acto, y
las coincidencias que a menudo se producían entre algunos fenómenos
terrestres y celestes, y, por otra parte, las circunstancias humanas,
hicieron creer a nuestros antepasados que algunos de sus rituales podían
ser la causa de estos fenómenos y coincidencias, que luego tomaron un
carácter mágico.
Este
procedimiento es totalmente parecido al del hombre de laboratorio
actual que, mezclando algunos ingredientes o productos químicos, intenta
obtener artificialmente una fórmula. Así, los hombres han acabado por
descubrir que eran tan capaces de actuar sobre los fenómenos naturales,
de influenciarlos o intervenir en ellos, que podían, a su vez, sacar
provecho de ellos. Por ello, no es un error creer que la experiencia del
fuego y la de la plantación de semillas, por ejemplo, fueron
originalmente rituales mágicos, suponiendo de esta forma los primeros
pasos del hombre hacia la creencia moderna, que, después de todo,
también tiene todavía sus rituales y sus dogmas.
De
modo que, en tiempos pasados, el mago iniciado en el arte y la ciencia
mágica podía sorprender e impresionar a través de los prodigios que era
capaz de realizar, al igual que actualmente, los científicos parecen
hacer milagros empleando procedimientos resultantes de largas
investigaciones, y serios y escrupulosos estudios, que les permiten
conseguir seguramente los mismos resultados. Pero tanto en un caso como
en el otro, estamos ante un principio idéntico, que consiste en creer
que las mismas causas deben producir los mismos efectos.
LAS CONDICIONES ESPECIALES DE LAS CEREMONIAS MÁGICAS
Es
muy difícil describir las fuerzas que utiliza la magia. Podemos
llamarlas energías cósmicas, ondas, vibraciones naturales, que o bien
son provocadas, o bien utilizadas mediante unas reglas y unas leyes
precisas, universales e inviolables, a las que el mago se somete y que
aplica al pie de la letra, según una experimentación y una tradición
seculares. La mayoría de las veces, lo que se define como como energías
cósmicas tenían nombres distintos equiparables a los de las divinidades,
cada una de las cuales abarcaba un papel y un poder específicos.
Por
ello, el acto mágico era sagrado. Implicaba efectuar todo un
ceremonial, cumplir proezas, a veces danzas y movimientos particulares y
adecuados, pronunciar encantamientos e invocaciones, cuyos nombres,
palabras y frases tenían un valor más vibratorio que significativo, todo
ello en un marco bien definido y a veces incluso ayudado por las
circunstancias y en condiciones meteorológicas y astronómicas escogidas
con sumo cuidado. En otros términos, para que el acto mágico pudiera
producirse de forma eficaz, debían coincidir imperativa y
escrupulosamente cierto número de factores. Si se olvidaba una etapa o
si faltaba un elemento, si una palabra o nombre se pronunciaban mal, o
el momento era mal escogido, entonces el acto mágico no salía bien.
No
está mal recordar que todos los rituales religiosos antiguos y
contemporáneos se basan en los mismos criterios, lo que prueba que todas
las creencias religiosas se inspiraron en las ceremonias mágicas.

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